¿Cuantos corazones tiene un pulpo? Por Aldo Rodrigo Sánchez Tovar El Dragón de CRONOS Tiempo de Todo!
Hoy en clase, una de mis alumnas me lanzó, como quien no quiere la cosa una de esas preguntas no relativas a mi tema del día de la bandera:
“Profe, ¿cuántos corazones tiene un pulpo?”
Le digo la verdad:
“No soy experto, pero hasta donde recuerdo, tres.
Y como tirabuzón, sin darme respiro:
“¿Y cuantos cerebros tiene?
Ahí ya me río por dentro. Le contesto:
“Uno solo… pero es un cerbro fuera de serie. Es el más raro y maravilloso que existe en la Tierra.” Se le abren los ojos como platos. Los demás, que hasta ese momento estaban sacando plastilina y enfrascados en sus propios asuntos, dejan todo y se quedan mirando. Entonces les digo:
“Pon tus manitas a los lados de la mesa, como alas de avión.” Ella obedece, curiosa. Yo tenía la pluma con la que tomo asistencia en la mano. Con la parte redonda, suave, sin asustarla, le doy un golpecito alternado: izquierda… derecha…
“¿En cuál sentiste primero?”
“En la izquierda… y luego en la derecha.”
“Exacto. Ahora imagínate que en vez de dos manos tuvieras ocho tentáculos.
Y que cada centímetro de cada tentáculo sintiera temperatura, textura, si la roca está áspera o lisa, si pasa un pez cerca, si el agua cambia de corriente…
y todo eso al mismo tiempo. Sin que tu cerebro se llene de actividades, sin que necesites comprarle memoria, más batería o cables especiales.
La naturaleza le dio al pulpo un cerebro que es como una central de comando bien grande:
Así puede estar cazando, explorando, camuflándose y pensando en sus cosas… todo simultáneo.”
Y remato, bajito pero claro:
“Con un cerebro de pulpo podrías estar decidiendo qué pedir en Uber Eats, recordándole a tu mami la cartulina para la tarea y al mismo tiempo saber exactamente dónde está cada crayóla, cada borrador y cada compañero que se mueve cerca… con ocho brazos.”
Silencio total.
Caritas sorprendidas.
Algunos ya se estaban poniendo en pareja para probar el juego de los golpecitos con los ojos cerrados.
Entonces les suelto:
“Por eso hoy también vamos a hacer pulpos de plastilina.
Y no va a haber un solo color ni un solo tipo.
Hay pulpos café apagado que parecen piedra, pulpos que parecen tripas todas asquerosas los hay bien pequeños y se dice que los hay gigantescos que no hemos visto aún, y pulpos con colores tan brillantes y eléctricos que parecen cartel de advertencia: ‘no me toques, soy veneno’. Porque en la naturaleza el color a veces es grito de peligro… y a veces es pura belleza.”
Y ahí se armó.
Los que normalmente convierten la mesa en zona de guerra se pusieron serios, concentrados, como si les hubiera dado permiso para ser científicos por un rato.
Por eso me dan urticaria los discursos pedagógicos de ahora, los panfletos de la Nueva Escuela Mexicana y toda esa parafernalia de “pensamiento crítico” que no critica nada.
Justo estos días, cuando andaba necesitando un poco de oxígeno moral, me topé con una frase que me cayó como anillo al dedo: “Educar a un niño no es llenar un cuenco. Es enseñarle a descubrir las respuestas del mundo por sí mismo.” Y eso fue exactamente lo que pasó hoy: no les llené el cuenco con datos. Les puse el bolígrafo en la mano (literalmente) y les dije: “siente, pregunta, descubre”. Y de paso, les recordé que el cerebro más poderoso no siempre es el más grande… a veces es el que mejor sabe escuchar sus propios brazos.
Fin de la clase.
Y comienzo de muchos pulpos de colores en el salón.
Algunos con sombrero, bigotes y papas a la francesa.
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