Popotes y cordel para los ingenieros ingeniosos del futuro. Por Aldo Rodrigo Sánchez Tovar El Dragón de CRONOS Tiempo de Todo!
Hoy repartí a cada niño unos popotes cortados en tercios y tramos de cordel, junto con cartulinas.
La idea era simple: darles las herramientas más básicas para hacer juguetes que tuvieran movimiento.
Pendular, oscilatorio, retráctil, lo que se les ocurriera.
Y se pusieron a trabajar.
Uno hizo una caña de pescar que cuando jalaba el cordel elevaba un pez.
Otro armó una grúa que subía y bajaba un gancho de plastilina.
Hubo columpios que se balanceaban con un empujoncito, y varios que lograron que sus figuras se movieran de un lado a otro sin tocarlas directamente.
Me quedé viéndolos desde mi silla, con una sonrisa que no podía disimular, porque la mesa se había convertido en un taller de ingenieros chiquitos sin que nadie les dijera “esto es ingeniería”.
Entonces uno de ellos levanta su creación y dice con toda seriedad:
“Profe, estoy creando un homúnculo."
Me quedé callado un segundo, no porque no supiera qué era, sino porque me dio gusto que lo mencionara un niño tan de ésta generación.
Aproveché el momento y les conté —versión para niños, claro— lo del homúnculo de Fausto de Goethe aprovechando que uno de mis alumnos es de ascendencia austriaca:
un ser pequeñito que un alquimista quería crear en un frasco, como si la vida se pudiera fabricar con recetas y paciencia.
Les dije que Fausto era un viejo muy sabio que se aburría de saber tanto y quiso ir más allá…
Y que cometió el error de hacer un trato con el diablo.
No les di la versión oscura ni moralejas pesadas.
Solo les dejé la moraleja de que toda apuesta y todo trato banal basado en codicia, en mentiras o maldad siempre termina mal pero resalté:
“Imagínense que con popotes y cordel ya están más cerca de la creación que quienes se creen muy listos pero no hacen nada”.
Se rieron.
El originador del tema se puso a hacer “homúnculos” chuequitos. Lo mejor no fue lo que hicieron.
Lo mejor fue verlos descubrir que con cosas que cualquiera tiene en casa se pueden crear juguetes que se mueven de verdad.
En una generación que viene con tablet en la mano desde los dos años, darles 60 minutos para inventar mecanismos con popotes y cordel es casi un acto de rebeldía.
Y cuando uno me dijo “profe, ¿Y si hacemos uno que vuele?”
Supe que la semilla ya estaba germinando.
Porque al final no se trata de que hagan un juguete bonito.
Se trata de que sepan que ellos pueden hacer que algo tenga "vida propia"…
y que eso, en el mundo de hoy, es más poderoso que cualquier pantalla.
La idea era simple: darles las herramientas más básicas para hacer juguetes que tuvieran movimiento.
Pendular, oscilatorio, retráctil, lo que se les ocurriera.
Y se pusieron a trabajar.
Uno hizo una caña de pescar que cuando jalaba el cordel elevaba un pez.
Otro armó una grúa que subía y bajaba un gancho de plastilina.
Hubo columpios que se balanceaban con un empujoncito, y varios que lograron que sus figuras se movieran de un lado a otro sin tocarlas directamente.
Me quedé viéndolos desde mi silla, con una sonrisa que no podía disimular, porque la mesa se había convertido en un taller de ingenieros chiquitos sin que nadie les dijera “esto es ingeniería”.
Entonces uno de ellos levanta su creación y dice con toda seriedad:
“Profe, estoy creando un homúnculo."
Me quedé callado un segundo, no porque no supiera qué era, sino porque me dio gusto que lo mencionara un niño tan de ésta generación.
Aproveché el momento y les conté —versión para niños, claro— lo del homúnculo de Fausto de Goethe aprovechando que uno de mis alumnos es de ascendencia austriaca:
un ser pequeñito que un alquimista quería crear en un frasco, como si la vida se pudiera fabricar con recetas y paciencia.
Les dije que Fausto era un viejo muy sabio que se aburría de saber tanto y quiso ir más allá…
Y que cometió el error de hacer un trato con el diablo.
No les di la versión oscura ni moralejas pesadas.
Solo les dejé la moraleja de que toda apuesta y todo trato banal basado en codicia, en mentiras o maldad siempre termina mal pero resalté:
“Imagínense que con popotes y cordel ya están más cerca de la creación que quienes se creen muy listos pero no hacen nada”.
Se rieron.
El originador del tema se puso a hacer “homúnculos” chuequitos. Lo mejor no fue lo que hicieron.
Lo mejor fue verlos descubrir que con cosas que cualquiera tiene en casa se pueden crear juguetes que se mueven de verdad.
En una generación que viene con tablet en la mano desde los dos años, darles 60 minutos para inventar mecanismos con popotes y cordel es casi un acto de rebeldía.
Y cuando uno me dijo “profe, ¿Y si hacemos uno que vuele?”
Supe que la semilla ya estaba germinando.
Porque al final no se trata de que hagan un juguete bonito.
Se trata de que sepan que ellos pueden hacer que algo tenga "vida propia"…
y que eso, en el mundo de hoy, es más poderoso que cualquier pantalla.
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